Trastorno de pánico

Trastorno de pánico


Aunque el concepto central del trastorno de pánico es un ataque de pánico, su aparición puntual no es todavía una indicación de un trastorno mental, sino una señal para centrarse en la salud mental y el bienestar.

Mi primer ataque de pánico

Tuve un periodo muy ajetreado en la universidad, con muchos deberes, y a veces no los terminaba hasta la mañana, cuando ya tenía que correr a las clases.

Tomé bastante café para mantenerme despierto. La primera vez que me sentí mal, estaba cogiendo el autobús para ir al instituto. Sentí que se me apretaba el pecho, que las manos se me ponían húmedas y que el corazón empezaba a latir con fuerza.

Me sentí tan mal que sentí que me estaba muriendo. De alguna manera, me bajé del autobús y pude llamar a mi madre. Me quedé en la parada del autobús para esperar a mi madre, tenía mucho miedo. Fuimos al hospital con mi madre.

Allí resultó que parecía estar bien. A pesar de ello, durante los siguientes días sentí un nudo en la garganta y tuve miedo de subir al autobús. Por las tardes y noches, me sentía asfixiado y tenía un par de palpitaciones. El médico de cabecera descubrió que se trataba de un trastorno de pánico.


El principal síntoma del trastorno de pánico es un ataque de pánico alarmante, durante el cual la persona puede sentir latidos rápidos del corazón o aceleración del pulso, dificultad para respirar, sensación de asfixia, dolor en el pecho, náuseas o dolor abdominal, debilidad, mareos o sensación de pérdida de conciencia, sensación de irrealidad, miedo a perder el control, a la muerte o a caer en la locura, aumento de la sudoración, temblores, entumecimiento de pies y manos, escalofríos o fiebre.

Trastorno de pánico


Un ataque de pánico suele desaparecer después de 10 minutos, pero algunos signos pueden durar más tiempo. Subjetivamente, durante un ataque de pánico la persona se siente fatal y la experiencia aterradora puede permanecer en la memoria durante mucho tiempo. Esto, a su vez, puede llevar a evitar las situaciones asociadas a los ataques de pánico. Por ejemplo, si el primer ataque de pánico se produjo en una clase de educación física, el niño puede empezar a evitarlas o cualquier cosa relacionada con el deporte en general.


Los ataques de pánico pueden comenzar de forma inesperada, «de la nada», o pueden ser desencadenados por una situación, un estímulo o un estado mental concretos; los ataques de pánico también pueden desencadenarse en sueños.


Debido a que los síntomas de un ataque de pánico están relacionados con el bienestar físico, puede haber miedo a la enfermedad y no es raro que se acuda al médico de cabecera para recibir primeros auxilios, por ejemplo.


Los ataques de pánico y la ansiedad suelen comenzar al final de la adolescencia o alrededor de los 20 años.

Causas


No existe una causa única y definida de los ataques de pánico y del trastorno de pánico. Suele ser una combinación de varios factores, entre los que se encuentran los trastornos del equilibrio químico del cerebro, los acontecimientos que provocan estrés y la herencia.

La química del cerebro

El cerebro humano es un órgano complejo cuyo funcionamiento se estudia activamente. No hay un 100% de certeza de una explicación exacta, pero a continuación se sugiere una vía para la ansiedad.

La ansiedad se ha relacionado con uno de los principales mediadores del cerebro, la serotonina, así como con la amígdala, que forma parte del sistema límbico del cerebro. El trabajo del mediador es transmitir la información en el cerebro de una célula nerviosa a otra, y las diversas partes conectadas del cerebro analizan la información del interior y del exterior del cuerpo para crear una respuesta adecuada.

La persona primero percibe la situación, que es analizada por la corteza prefrontal y el área de los islotes, identificando la situación como peligrosa o segura. Esta información se registra en el hipocampo vinculado a la memoria. Si una situación se ha evaluado como peligrosa, el hipocampo y otras estructuras cerebrales mencionadas influyen en la amígdala, que a su vez estimula las estructuras cerebrales, lo que da lugar a una excitación fisiológica y conductual, a la liberación de adrenalina, a una respiración más rápida y a la preparación para la evitación y el comportamiento protector.

Si por alguna razón, durante el desarrollo del cerebro, la amígdala y su sistema de alarma asociado se aplican con demasiada frecuencia o intensidad, el sistema se vuelve demasiado sensible y reacciona ante el «peligro» incluso en las situaciones más seguras.  Se cree que si hay muy poca serotonina, el cerebro puede reaccionar de forma exagerada y provocar ansiedad y miedo cuando es totalmente innecesario, lo que empieza a interferir en la propia vida.

Las razones exactas de la hipersensibilidad de este sistema son desconocidas y pueden variar ligeramente de una persona a otra; sin embargo, en general, es probable que sea consecuencia de un exceso de estrés.  A cada persona le estresan cosas y situaciones diferentes.

Trastorno de pánico

Muchos de nosotros hemos experimentado esa sensación, al menos una vez, antes de una intervención en público. Náuseas, nudo en la garganta y opresión en el pecho. El corazón late más rápido y las manos pueden sudar. La actuación es una situación preocupante, y esa reacción es natural.

Pero si esta sensación se produce en una situación en la que no parece haber ninguna razón: en una tienda o en una parada de autobús, pero quizá también en casa, en un entorno que hasta ahora se consideraba seguro… Tu corazón se acelera tanto que sientes el miedo de «¡ahora voy a morir! Puede surgir otro tipo de miedo: como la sensación de incomodidad es tan intensa y el entorno parece seguro, puede cundir el pánico: ¡empiezo a volverme loco!

Lisa tuvo un ataque de pánico similar cuando estaba sentada en casa por la noche.

Había sido un período de mucho trabajo, lleno de inseguridad y ansiedad sobre cómo se las arreglaría para hacer frente a su trabajo. Por lo que recuerda, el episodio, en el que sintió un malestar físico extremo, una sensación de realidad perturbadora y un miedo de pánico a perder el control – «volverse loca»-, duró 10 minutos, tras los cuales su respiración se igualó, el terror pasó y el alivio fue notable, pero, sin embargo, el miedo permaneció.

Durante los días siguientes tuvo un nudo en la garganta; por la tarde y por la noche la sensación de asfixia aumentó hasta que el pánico volvió a aparecer. Lisa acudió al médico de cabecera, quien, basándose en los síntomas descritos, sugirió que en este caso se trataba de ataques de pánico. Los análisis de sangre también mostraron que Lisa estaba perfectamente sana físicamente.

Dado que los ataques de pánico eran muy recientes, Lisa se sintió satisfecha con la explicación del médico sobre por qué y cómo se produce el trastorno de pánico y con la seguridad de que, aunque la afección es extremadamente desagradable, en realidad es segura. Los sedantes prescritos como último recurso no sirvieron de nada.
Las sensaciones físicas que acompañan a un ataque de pánico son tan desagradables que se produce una sensación de miedo generalizada, que a su vez intensifica las reacciones físicas.

El miedo resultante es difícil de olvidar y es natural que la persona esté pendiente de las palpitaciones, la tensión y otros signos de ansiedad. Cualquier indicio parece súper peligroso y alimenta el temor de que las horribles sensaciones se repitan, pero esta vez, tal vez con consecuencias más trágicas, aumentando aún más el malestar físico. Se pone en marcha un círculo vicioso. Si los ataques de pánico acaban de producirse, para deshacerse de ellos (como en el caso de Lisa) suele ser suficiente la psicoeducación. La terapia cognitivo-conductual puede ayudar a superar un problema de larga duración, y a veces es necesaria la medicación.

Si pasas por ataques de pánico de manera recurrente no dudes en ponerte en manos de terapeuta cualificado para que te ayude. No estás solo.

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